Binarios en Madrid

Los madrileños celebran su 2 de mayo más esperado. El que cae en domingo y regala una fiesta. La Nacional regresó a las Ventas. El último capotazo de Isabel Díaz Ayuso a la economía, a la cultura y al sentido común. Madrileños, su jurisdicción. Cada uno de ellos me ha provocado profunda envidia. E impotencia por cuanto perdemos aquí por imperativo desnortado. La gestión de esta pandemia no se ha basado únicamente en siglas políticas, sino en ideología. En valentía. Y en convicciones. Las diferencias abismales entre Madrid y Castilla y León, o entre Madrid y el resto, muestran dos maneras de afrontar un mismo vértigo. Allí han protegido; aquí han preferido imponer. Y destruir. 

Allí como aquí, Ciudadanos ha sido clave. Allí como aquí, para mal. Allí, Ayuso salvó por la mano lo que su vicepresidente quería entregar al sanchismo vía registro contrarreloj. O al comunismo moderno. El que juega perseguir y a engatusar, y a mentir y desmentir, todo siempre en menos de 24 horas. El que se inventa correspondencias y corresponde con ataques mientras pide prudencia. La degeneración política encarnada en segundas nupcias por el partido de la rosa. 

Aquí, fue el vicepresidente el que asumió el rol de emperador para levantar o bajar su dedo inquisidor, escoltado por la que un día reconocieron como mejor médico del mundo. Debemos agradecer que fue la mejor. Empresarios y autónomos han sufrido y sufren sus decisiones arbitrarias y chulescas. Y sus ruinas tienen apellidos. 

Castilla y León no es un oasis en el despropósito político, aunque sí ha querido liderarlo. Castilla la Vieja fue primero. Quizá por incapacidades personales, los gobiernos autonómicos se han mimetizado con Moncloa en sus violaciones de derechos fundamentales. Por un virus. Por una mujer, cantaríamos en otro tiempo pre-gobierno de coalición, sin ser acusados de los ísmos que le lastran. Todos los gobiernos autonómicos, salvo Ayuso. Que no la Comunidad de Madrid. 

Sí. Madrid que es hoy lo más próximo a libertad. Aunque a veces la presidenta no lo haya explicado con la suficiente capacidad de noquear a sus adversarios. Hasta el punto de partida de la sucia estrategia de violencia por parte de los violentos, fue conmovedor ver cómo sus enemigos trataban de manchar un valor capital en democracia. 

Cuando no hay nada bueno que ofrecer, lo único que se puede ofrecer es la derrota del otro. El trío de perdedores se ha dedicado a eso. Y no solo a eso. Ha amenazado con más sanchismo -con sus respectivas marionetas- desde la Puerta del Sol. El peor Madrid que un parado, un currante o un directivo pueden imaginar que dibujen las urnas mañana. 

¿Nos jugamos algo en Madrid mañana quienes vivimos en el resto de España? Nos jugamos mantener o perder un modelo político, económico y social que, siendo profundamente mejorable, es el único que ha permitido a la nación progresar. Y el único que ha detenido, por ello, el avance de la privación de derechos y libertades en uno de los peores años de nuestra historia. El resto lo ha asumido. Con las mismas o con distintas siglas. 

El modelo de Madrid ya no es el modelo del PP. Ahora es el modelo de Ayuso. El PP decidió ser siervo de Sánchez, con escarceos permitidos puntualmente en sede parlamentaria. Y por eso yo dejé de pertenecer al PP. 

Ni el modelo de Madrid y ni el modelo de Ayuso son la panacea. El proyecto político que necesita España es de mayor altura, de mayor cimiento, de mayor trasversalidad y de mayor unidad. Pero la política actual, de mínimos, nos obliga a ser primarios. Y binarios sociológicos. No eligen cero o uno, sino socialismo o libertad.

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